Escondes el sobre en la despensa, dentro la lata del café del estante más alto de la alacena. Vacías el morral y sales masticando un trozo de la hogaza y del tocino que te preparé esta mañana. Te sientas en el banco del hogar y me miras dar la vuelta al guiso, avivar la lumbre y taparlo. - Bueno, ¿qué? - Están agobiaos, hartos de estar en esa covacha escondidos en el monte, asustaos… pero bien. A Juan, no lo he visto, me han dao una carta. Te encoges de hombros, pensativo. Miras al vacío en dirección a la lumbre. Levantas la cabeza y me observas fijamente secarme las manos en el delantal y avanzar con paso firme a la despensa. Hay en la repisa un conejo y un manojo de té. - El té lo había cogido Juan. El conejo me salió al paso. – Elevas la voz, para que te oiga desde dentro Te e...
LA NOVENA OLA Era uno de esos días que el abuelo Gervasio le había descrito tantas veces. Hacía un calor pegajoso, mitigado por rachas de un viento lejano. El niño, sentado en la playa, buscaba el final del mar, allí donde se confundía con el cielo. Había mar de fondo y las olas iban y venían en la orilla. En algún lugar, más allá de este mar grande, en días como éste, un navío se debatía en el centro de la tormenta, y algún marino inexperto esperaba el paso de la novena ola que zarandearía el barco y, si conseguía aguantar, lo convertiría en un auténtico y bravo lobo de mar. La novena ola, la más grande, la más terrible de la tormenta, le había dicho su abuelo, era el bautizo de todas las gentes de la mar. Sentado en la playa, con su cubo y su pala, con su gorro de capitán y sus pequeños ojos azules, decidió que era el día perfecto para contar olas. Y llegó la primera y le dijo hola y se llevó su paleta amarilla. El niño gateó hasta recuperarla. Y llegó la segunda que l...